Corpus Christi para Niños

Milagro Eucarístico de Bolsena

(Ciclo B- 2015)

         La Iglesia enseña que Jesús, en la Eucaristía, está Presente “verdadera, real y substancialmente”, y que esto se debe a que, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”, se produce un milagro, llamado “Transubstanciación”, por el cual el pan y el vino se convierten, por el poder de Jesús que pasa a través de la voz del sacerdote, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Como todo esto parece muy difícil de entender, y de hecho hay muchos que no lo creen, Jesús mismo hizo un milagro muy grande, hace mucho, para que todos supiéramos que, lo que la Iglesia enseña en el Catecismo, es verdad.

¿Cuál fue ese milagro? Fue el milagro de Bolsena, sucedido en la ciudad italiana de Bolsena –por eso se llama así-, y pasó en el año 1264, del siguiente modo.

Como sucede ahora, también en esa época había muchos que no creían que Jesús estuviera Presente realmente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía. Uno de ellos era el sacerdote llamado Pedro de Praga, quien regresaba de una entrevista en Roma con el Papa Urbano. Resulta que el sacerdote, ya de regreso a su parroquia, celebró misa en la iglesia de Santa Cristina, pero, como dijimos, tenía muchas dudas acerca de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía. Entonces, en medio de la consagración, después de que hubo pronunciado las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”, la Hostia que tenía en sus manos, se convirtió, una parte de ella, en músculo cardíaco, en una parte del corazón, vivo, del cual comenzó a salir mucha pero mucha sangre; tanta sangre, que comenzó a escurrirse de sus dedos, llenó el cáliz, sobrepasó el cáliz, manchó el corporal y, como seguía manando sangre, incluso comenzó a gotear sangre al pavimento de la capilla, quedando impregnadas unas gotas en la piedra. El sacerdote y todos los que asistían a la Santa Misa en ese momento, comprendieron de inmediato el grandioso prodigio que Jesús acababa de realizar, para que no solo el sacerdote, Pedro de Praga, tuviera fe, sino para que todos nosotros, a lo largo de los siglos, tuviéramos fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. El milagro fue llevado en procesión hasta Roma, al Papa, quien le pidió a Santo Tomás de Aquino que compusiera un himno en honor a la Eucaristía, el que todavía perdura. A partir de ahí, el Papa decretó que se celebrara en toda la Iglesia Universal la fiesta que celebramos hoy: la Fiesta de “Corpus Christi” o “Corpus Domini”, es decir, la Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús.

Pero lo que tenemos que saber nosotros es que esto que sucedió en Bolsena, no es que sucedió en esa Misa y no volvió a suceder nunca más: en cada Santa Misa, aun cuando no la Eucaristía no se convierta en un trozo de corazón que mane sangre, y aun cuando esa sangre no caiga en el cáliz, en el corporal y en el suelo de la capilla, lo mismo sucede el milagro, sin que lo veamos con los ojos del cuerpo: el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, y eso es la Eucaristía. No hace falta que en cada Santa Misa se repita el milagro de Bolsena, para que creamos: hace falta que tengamos fe en lo que nos enseña la Santa Madre Iglesia: por las palabras de la consagración que pronuncia el sacerdote ministerial –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, y la Sangre que sale del Corazón Eucarístico de Jesús, Jesús la quiere derramar, no como en el cáliz, en el corporal, o en el pavimento, como sucedió en el pueblito de Bolsena, sino en nuestros corazones, para que con esa Sangre nuestros corazones reciban al Espíritu Santo, al Amor de Dios.

Entonces, en la Fiesta de Corpus Christi, nos acordamos del milagro que sucedió en el pueblito de Bolsena, en donde el pan se convirtió en el Corazón de Jesús, de donde brotó su Sangre que se derramó en el cáliz; en la Misa, por las palabras del sacerdote, sucede el mismo milagro que en Bolsena, solo que no lo vemos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe: el pan se convierte en el Sagrado Corazón de Jesús, de donde brota su Sangre, que quiere derramarse en nuestros corazones.

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